sábado, 30 de marzo de 2013

Ratzinger en entrevista: Dios y el mundo de hoy



Ratzinger en entrevista
Dios y el mundo de hoy

Por Bernardo López Ríos *

* Católico, Apostólico y Romano, fiel a las enseñanzas de Su Santidad el Papa Francisco, de Su Santidad Benedicto XVI, Papa Emérito, del Concilio Vaticano II y del Magisterio de la Iglesia Católica


Preámbulo


Selección de preguntas y respuestas tomada del libro:
Joseph Ratzinger, Dios y el Mundo, Creer y vivir en nuestra época (una conversación con Peter Seewald). Las opiniones de Benedicto XVI sobre los grandes temas de hoy, Debolsillo, Barcelona, 2005, 441 pp.

Introducción


En 1996, Peter Seewald me propuso conversar sobre las cuestiones que el hombre actual plantea a la Iglesia y que a menudo le cierran el acceso a la fe. De ahí surgió el libro “Salz der Erde” (Sal de la tierra), que para muchos se convirtió en una contribución a la orientación que aceptaron con agradecimiento.

El enorme eco, asombrosamente positivo, que despertó el libro animó al señor Seewald a proponer una segunda ronda de conversaciones en la que se esclarecerían las cuestiones internas de la propia fe, que a muchos cristianos les parece una selva tan impenetrable que apenas son capaces de orientarse en ella; muchos aspectos de la misma, algunos importantes, resultan difícilmente comprensibles y aceptables para el pensamiento actual.. 

El camino a la segunda conversación con Seewald quedaba por fin despejado, y él propuso celebrarla en una sede preñada de simbolismo: la casa matriz de la orden benedictina, la abadía de Montecassino.

Allí, fortalecidos por la hospitalidad benedictina, sostuvimos del 7 al 11 de febrero del año 2000 nuestro último diálogo, que el señor Seewald había preparado con sumo cuidado... Espero que este segundo libro de conversaciones encuentre una acogida de amabilidad similar a “Sal de la tierra”, y ayude a muchas personas a comprender la fe cristiana. 

Montecassino en primavera – habla Peter Seewald-. El sinuoso camino que conducía al monasterio de San Benito era angosto y empinado, y cuanto más subíamos, más fresco se tornaba el aire. Nadie decía una palabra, ni siquiera Alfredo, el chofer del cardenal... 

Pero cuando el cardenal Joseph Ratzinger, gran sabio de la Iglesia, se sentó frente a mí en el monasterio y me contó con paciencia el Evangelio, la fe cristiana desde la creación del mundo hasta su final, logré vislumbrar cada vez con mayor claridad algo del misterio que proporciona la coherencia más profunda al mundo. 

En el fondo, acaso sea muy sencillo. “La creación misma”, dice el sabio, “entraña un orden en sí. A partir de él podemos leer los pensamientos de Dios... e incluso el modo correcto en que deberíamos vivir”.

Algunas preguntas de la entrevista


Mi hijo pequeño me pregunta a veces: “Oye, papá, ¿cómo es Dios?”.

Yo le contestaría diciendo que uno se puede imaginar a Dios tal como lo conocemos a través de Jesucristo. Cristo dijo una vez: “Quien me ve a mí, ve al Padre”.

Y si después se analiza toda la historia de Jesús, empezando por el pesebre, por su actuación pública, por sus grandes y conmovedoras palabras, hasta llegar a la última, a la cruz, a la resurrección y a la misión del apostolado... entonces uno puede atisbar el rostro de Dios. 

Un rostro por una parte serio y grande. Que desborda con creces nuestra medida. Pero, en última instancia, el rasgo característico en Él es la bondad; Él nos acepta y nos quiere.

¿Pero no dicen también que no deberíamos formarnos ninguna imagen de Dios?

Este precepto se ha transformado en la medida en que Dios se dio a sí mismo una imagen. La Epístola a los Efesios dice de Cristo: “Él es la imagen de Dios”. Y en Él se cumple plenamente lo que se dice del ser humano en la creación.

Cristo es la imagen original del ser humano. Eso ciertamente no nos permite representar a Dios mismo en su eterna infinitud, pero sí contemplar la imagen que Él se dio a sí mismo. Desde entonces no nos forjamos ninguna imagen de Dios, sino que es Dios mismo quien nos la muestra. Aquí nos mira y nos habla.

 Ciertamente, la imagen de Cristo no es una simple foto de Dios. Esta imagen del crucificado trasluce más bien la biografía entera de Jesús, sobre todo la biografía íntima. Con ello se nos proporciona una visión que abre y trasciende los sentidos.

“Dios te amó primero”, dice la doctrina cristiana. Y te ama sin tener en cuenta tu origen o tu importancia. ¿Qué significa eso?

Esta frase debe tomarse en el sentido más literal posible y así intento hacerlo. Porque es realmente el gran motor de nuestra vida y el consuelo que necesitamos. Lo cual no es en absoluto tan extraño.

El me amó primero, antes de que yo mismo fuese capaz de amar. Fui creado sólo porque ya me conocía y me amaba. Así que no he sido lanzado al mundo por azar, como dice Heidegger, ni me veo obligado a advertir que voy nadando por ese océano, sino que me precede un conocimiento, una idea y un amor que constituyen el fundamento de mi existencia.

Lo importante para cualquier persona, lo primero que da importancia a su vida, es saber que es amada. Precisamente quien se encuentra en una situación difícil resiste si sabe que alguien le espera, que es deseado y necesitado. Dios está ahí primero y me ama. Ésta es la razón segura sobre la que se asienta mi vida, y a partir de la cual yo mismo puedo proyectarla.

El ser humano ¿es creyente de por sí?

A juzgar por los datos que nos proporcionan las excavaciones de la historia de la humanidad desde la prehistoria más remota, cabe afirmar que la idea de Dios siempre ha existido. 

Los marxistas predijeron el fin de la religión. Decían que con el final de la opresión ya no se necesitaría la medicina llamada Dios. Pero se vieron obligados a reconocer que la religión no acaba nunca, porque realmente es consustancial al ser humano.

Sin embargo, este sensor interno no funciona con el automatismo de un aparato técnico, sino que es algo vivo que puede ir creciendo con el ser humano o adormecerse casi hasta morir. 

Esa acción conjunta agudiza cada vez más el sensor, reavivándolo e intensificando su reacción –en caso contrario se queda romo y casi sepultado bajo la anestesia-. 

Y no obstante, en la persona incrédula de alguna manera subsiste la pregunta residual de si, pese a todo, no existirá algo. Sin este órgano íntimo, la historia de la humanidad resultaría ininteligible.

La sociedad moderna duda de que pueda existir siquiera una verdad. Esto se refleja también en la Iglesia, que se aferra imperturbable a ese concepto. Usted llegó a comentar en cierta ocasión que la profunda crisis actual del cristianismo en Europa se debía esencialmente a la crisis de su reivindicación de la verdad. ¿Por qué?

Porque ya nadie se atreve a decir que lo que afirma la fe es cierto, pues se teme ser intolerante, incluso frente a otras religiones o concepciones del mundo. Y los cristianos se dicen que nos atemoriza esa elevada reivindicación de la verdad.

Por una parte esto, en cierto modo, es saludable. Porque si uno se dedica a asestar golpes a su alrededor con demasiada rapidez e imprudencia con la pretensión de la verdad y se instala en ella demasiado tranquilo y relajado, no sólo puede volverse despótico sino también etiquetar con enorme facilidad como verdad algo que es secundario y pasajero.

La cautela a la hora de reivindicar la verdad es muy adecuada, pero no debe provocar el abandono generalizado de dicha pretensión, pues entonces nos moveremos a tientas en diferentes modelos de tradición.

Joseph Roth escribe en su novela La marcha Radetzky: “En este mundo podrido, la Iglesia romana es todavía la única que conforma, que conserva la forma. Incluso cabría decir, dispensadora de forma... 

Al fijar los pecados, por ese mero hecho los disculpa. Casi no tolera personas intachables: esto es lo eminentemente humano en ella... Con eso la Iglesia romana demuestra su tendencia más noble a disculpar, a perdonar”. Es pues, la Iglesia por naturaleza una Iglesia de pecadores?

¡Evidentemente! Acabamos de ver que la Iglesia, a pesar de los pecadores, es sostenida por Dios. La cita manifiesta una determinada óptica de la Iglesia que ésta considera buena y útil, aunque sólo sea por consideraciones profanas. 

Que la Iglesia dé forma, que la mantenga, que no se desvanezca en lo indeterminado, que pueda pregonar la voluntad de Dios es algo muy esencial. Pero entenderla exclusivamente a partir de su grandeza histórica, implica poner a Dios al servicio de fines humanos. Entonces se pretende tener de algún modo una religión, aunque se considera a Dios mismo una mera construcción auxiliar para mantener a las personas unidas y dependientes.

Por otra parte, yo criticaría la idea de que la Iglesia católica establece los pecados y después los disculpa en el acto. Como es natural, la Iglesia no inventa los pecados, sino que reconoce la voluntad de Dios y la proclama. 

Ciertamente la grandeza de esta cita reside en que la Iglesia, que tiene que pregonar la voluntad de Dios en todo su esplendor, incondicionalidad y severidad para que la persona conozca su medida, ha sido también agraciada con el cometido del perdón.

De hecho, la Iglesia puede decir a las personas: “Quien quiera ser recto por sí mismo, quien crea no necesitar el perdón, se equivoca”. Entonces surge la arrogancia, el orgullo por la propia eficacia y la propia edificación que, en definitiva, es inhumano.

Por eso es importante no poseer un ápice de ese orgullo. Yo tampoco necesito renunciar al perdón. Al contrario, cuando intento asumir la voluntad de Dios, identificarla con la mía, sé que siempre obtengo el perdón. 

Soy un ser que tiene la humildad de aceptar que necesito ser perdonado. En este sentido, la humildad y la confianza son lo que de verdad humaniza a las personas.

El emperador de Roma exigió a san Lorenzo que entregase los tesoros de la Iglesia. Poco tiempo después, Lorenzo, que sufrió martirio por ello, compareció ante el emperador y le mostró el ejército de pobres de la ciudad con las siguientes palabras: “He aquí el mayor tesoro de la Iglesia”.

La Sagrada Escritura nos dice que Cristo procedía de los pobres de Israel. Cuarenta días después del nacimiento, su madre hizo la ofrenda de los pobres, dándonos a entender que la mirada interior se había abierto justo entre esas personas sencillas. Ellos no habían desfigurado la visión de conjunto con mil diferenciaciones, sino que conservaban la sencillez interna, la pureza, la sinceridad y la bondad que permiten ver.

Como es lógico, la Iglesia también necesita imprescindiblemente a los intelectuales. Necesita personas que le ofrezcan su vigorosa inteligencia. También precisa de personas generosas, ricas, dispuestas a poner la riqueza al servicio del bien. Pero también se nutre siempre de la gran base de personas que son humildes y creyentes. 

En este sentido, su auténtico tesoro es la multitud de los que necesitan y dan amor: personas sencillas capaces de la verdad porque han seguido siendo niños, como dice el Señor. A través del decurso cíclico de la historia han conservado la visión de lo esencial y sustentan en la Iglesia el espíritu de la humildad y del amor.

¿Cada persona es idea de Dios? ¿Qué significa eso?

Sí, tal es la convicción fundamental del cristianismo. Cuando la Sagrada Escritura presenta gráficamente la creación del hombre –con Dios el alfarero, que lo forma y le insufla el espíritu-, eso está pensado arquetípicamente para cada individuo. En los salmos el hombre dice: TÚ me has formado con barro, TÚ me has insuflado el aliento. 

Aquí se expresa que cada persona mantiene una relación directa con Dios. Y, por tanto, todas desempeñan una función con sentido en el gran entramado de la historia universal, tienen el puesto que les ha sido asignado y gracias al cual pueden aportar algo insustituible a la historia global.

Al principio la tierra estaba desnuda y vacía, Dios todavía no había traído la lluvia, se dice en el Génesis. Entonces Dios creó al hombre, para lo cual “tomó polvo del suelo y le insufló el aliento de la vida; y el hombre se convirtió en un ser viviente”. El aliento de la vida: ¿es ésta la respuesta a lña pregunta de dónde venimos?

Creo que aquí hallamos un enorme simbolismo y una gran interpretación del ser humano. Según esto, el ser humano brota de la tierra y de sus potencialidades. En esta exposición se vislumbra algo parecido a la evolución. Pero no se queda ahí. Se añade algo que no procede simplemente de la tierra, ni tampoco es producto de un desarrollo posterior, sino algo radicalmente nuevo: el aliento del mismo Dios. 

Lo esencial de esta imagen es la dualidad de la persona. Muestra tanto su pertenencia al cosmos como su relación directa con Dios. La fe cristiana afirma que lo que aquí se dice del primer hombre es aplicable a cada ser humano. Que cada individuo tiene un origen biológico por una parte, pero por otra no es el mero producto de los genes existentes, del ADN, sino que procede directamente de Dios.

El ser humano lleva el aliento de Dios. Ha sido creado a imagen y semejanza de Dios, es capaz de superar lo creado. Es único. Está en los ojos de Dios y unido a Él de manera especial. Con el ser humano se introduce realmente en la creación un nuevo aliento, el elemento divino. 

Ver este particular ser creado por Dios es muy importante para percibir la unicidad y dignidad de la persona y, con ello, la razón de todos los derechos humanos

Confiere al ser humano el respeto a sí mismo y a los demás. En él está el aliento de Dios. No es una mera combinación de materiales, sino una idea personal de Dios.

La cuestión es si hombre y mujer no serán quizá dos seres esencialmente diferentes.

Sí, pero queremos oponernos a ella. Se trata de un mismo ser humano. Y como el cuerpo no es sólo un añadido externo a la persona, la diferencia física naturalmente es una diferencia que penetra a toda la persona y determina, por así decirlo, dos formas de ser persona. Creo que hay que oponerse tanto a las falsas teorías igualitarias como a las falsas teorías diferenciales.

Es falso querer medir a hombres y mujeres por el mismo rasero y decir que esa diminuta diferencia biológica no significa absolutamente nada. Ésta es la tendencia hoy predominante. Personalmente me sigue estremeciendo aún que se pretenda convertir a las mujeres en soldados como los hombres; que ellas, que siempre han sido las guardianas de la paz y a quienes hemos visto oponerse al deseo masculino de pelear y guerrear, vayan ahora por ahí con ametralladoras, demostrando que pueden ser igual de belicosas. 

O que las mujeres también posean ahora el “derecho” de recoger las basuras y de bajar a la mina –lo que en realidad no deberían hacer por su propia dignidad, por respeto a su grandeza, a su mayor cualidad diferencial-, un derecho que ahora se les impone en nombre de la igualdad. En mi opinión, ésta es una ideología hostil al cuerpo y maniquea.

Ya hemos hablado de una cierta alteración de la creación. La teoría del pecado original, que fue elaborada por san Agustín, subyace a esta suposición. Debido a su dureza, fue muy discutida y lo sigue siendo incluso en el seno de la Iglesia. 

La historia dice que, debido al pecado de Adán, que se apartó de Dios y comió del árbol del Bien y del Mal tentado por Eva, la muerte y el pecado irrumpieron en el mundo. El Génesis afirma incluso que, de repente, los seres humanos tuvieron miedo de Dios. ¿Puede considerarse tajantemente el pecado original la característica esencial de la persona?

“Tajantemente” no, pero sí se trata de una realidad cuyo presente podemos percibir, aunque sólo sea su origen a través de símbolos. Un amigo mío, ya fallecido, una persona muy crítica, me comentó en cierta ocasión: “Bueno, con tantos dogmas tengo dificultades. Pero hay algo que desde luego no necesito creer, porque lo vivo todos los días: el pecado original”.

En nuestras reflexiones sobre el ser humano aparecerá siempre una línea de fractura, una cierta perturbación en la persona, que no es la que podría ser. Esta perturbación se nos manifiesta en el Génesis como la fecha de comienzo de la historia, por así decirlo. 

En el Antiguo Testamento todavía no se dedujo de ello la teoría del pecado original, pero a partir de ahí sí que fue tomando cuerpo con claridad creciente la idea de que las personas siempre tienden al mal. Y el Dios bíblico mismo dice antes y después del diluvio:”Ya veo, son carne, son débiles, tienden al mal”.

La teoría del pecado original fue elaborada por san Agustín, es cierto, pero su contenido esencial ya figura en la Epístola a los Romanos de san Pablo. Pablo relee la historia del Génesis a la luz de Cristo. Y comprende que esa historia del comienzo cuenta “toda” la historia. 

Desde el principio había existido en el ser humano ese orgullo de poseer la clave del conocimiento, de no necesitar a Dios y también de tener la clave de la vida, de no tener que morir, y así sucesivamente. El alejamiento de Dios provoca el ocultamiento de Dios. La confianza del amor se convierte de pronto en miedo al Dios peligroso y demasiado poderoso.

Uno de los interrogantes fundamentales del ser humano es no sólo de dónde venimos, sino también cómo somos. San Agustín plasmó esta añoranza. En conjunto, su interés, mucho antes de Sigmund Freud, se centró sobre todo en dos cuestiones, como él mismo reconoce: “Quiero conocer a Dios y el alma, nada más”.

La historia de la creación diferencia aquí dos grandes reinos. El reino de las cosas corpóreas y el reino de los espíritus. El ser humano ocupa el centro, participando por tanto de ambos reinos. Está compuesto de cuerpo y alma, de cuerpo y espíritu. Y su alma es un ente espiritual. Dicho en pocas palabras, ¿es ésta la dotación básica del ser humano?

En cierto modo. El ser humano es ese puente. Ese encuentro del mundo material y espiritual, hecho que le confiere un rango especial en todo el entramado de la creación.

A través de la persona, la materia se eleva al ámbito espiritual, y gracias a esta unión compatibiliza ambas cosas entre sí. La materia ha dejado de eser una cosa junto a la que el espíritu estaría inseparable e inmiscible. La unidad de la creación se manifiesta precisamente en la unión de ambas cosas en el ser humano. 

Esto le confiere una función muy destacada, concretamente la de ser uno de los soportes de la creación, encarnar en sí el espíritu y viceversa, contribuir a elevar la materia hacia Dios, contribuyendo de este modo a la gran sinfonía global de la creación.

El código genético del ser humano está prácticamente descifrado. Pero seguramente los científicos aún tendrán que plantearse otras cuestiones: ¿dónde reside nuestra alma? ¿Lo sabe la fe?

Al igual que no se puede ubicar geográficamente a Dios en lugar alguno, ya sea más allá de Marte o en cualquier otro sitio, tampoco se puede radicar geográficamente el alma, ni en corazón, ni en el cerebro, como hicieron las dos grandes corrientes antropológicas de la antigüedad. El alma es diferente. No se puede fijar en el cuerpo, sino que penetra en la persona entera. 

El Antiguo Testamento desplegó una rica simbología espiritual. Habla del hígado, de los riñones, del claustro materno, del corazón, es decir, de los órganos más diversos. Todo el cuerpo está presente, valga la expresión, en las funciones espirituales. 

Los órganos expresan simbólicamente aspectos del ser humano y de su alma, pero también muestran que el cuerpo está animado y que el alma en conjunto se expresa de manera específica. En este sentido cabría afirmar que existen puntos de concentración, pero no una geografía del alma.

La conciencia, que a veces tanto nos atormenta, ¿forma también parte del alma? ¿O la conciencia, como creen algunos, nos ha sido inculcada por la educación?

Como es natural, la conciencia en su funcionamiento es algo vivo. De ahí que pueda atrofiarse o madurar en el individuo. Es innegable que el funcionamiento concreto de la conciencia también viene determinado por las realidades sociales que me rodean. El entorno social ofrece las ayudas para que despierte y se conforme, pero también los peligros que la embotan o le señalan una dirección equivocada capaz de generar una falsa conciencia, por así decirlo, ya sea escrupulosa, ya sea laxa.

¿Existen personas sin conciencia?

Me atrevo a decir que es imposible que un ser humano mate a cualquier otro y no sepa que eso está mal; de algún modo lo sabe. Es imposible que una persona que vea a otra en extrema necesidad no sienta que debería hacer algo. En el hombre existe una llamada primigenia, una sensibilidad primigenia para lo bueno y para lo malo.

Incluso cuando se intentó inculcar a los miembros de las SS que había que matar por la raza germánica y que, en consecuencia, era bueno, y cuando Goering dijo que nuestra conciencia se llama Adolf Hitler y que sólo él era la norma, esa gente también sabía que no era algo bueno. 

A este respecto, esas situaciones elementales de vulneración de la humanidad ponen de manifiesto una vez más que la persona posee realmente un conocimiento elemental profundísimo e íntimo. 

En este contexto, la moral no es sólo algo que se le ha inculcado externamente, sino que, en cuanto diferenciación fundamental entre el bien y el mal, forma parte de su bagaje espiritual.

Vayamos al fondo del asunto, como usted lo denomina, al origen y meta de la vida, a Dios. La profesión de fe del cristianismo comienza con la frase: “Creo en Dios Padre Todopoderoso, creador del cielo y de la tierra...”. Aunque los cristianos, en la mayoría de los casos, no creen en un poder superior, en una naturaleza superior.

Ese “creo” es un acto consciente del “yo”. Un acto que engloba voluntad y discernimiento, iluminación y guía, que me han sido dadas. En esto consiste la confianza o también la difusión, ese salir de sí mismo para remitirse a Dios. Y esta remisión no se dirige a un poder superior, sino al Dios que me conoce y me habla. Que realmente es un yo –aunque muy superior-, al que puedo acercarme y que se me acerca.

¿A qué se refiere usted cuando dice que Dios es también un “yo”?

Lo digo en el sentido de que es persona. Dios no es la matemática general del universo. No está, si me permite la expresión, embutido en el mundo a modo de espíritu. Tampoco  es una armonía imprecisa de la naturaleza o un “infinito” superior a cualquier ponderación, sino el creador de la naturaleza, el origen de la armonía, el viviente, el Señor.

Un momento, por favor, ¿cree usted acaso que Dios es una persona? ¿Qué puede oír, ver, sentir...?

... sí, Dios tiene lo esencial de aquello a que nos referimos con “persona”, es decir, conciencia, conocimiento y amor. Es, por tanto, alguien capaz de hablar y de escuchar. Esto es, creo, lo esencial de Dios.

La naturaleza puede ser admirable. El cielo estrellado es grandioso. Pero queda reducido a una admiración impersonal, porque en última instancia me convierte también a mí en un pequeño elemento de una máquina gigantesca.

El verdadero Dios, sin embargo, es más que eso. No es sencillamente la naturaleza, sino que la precede y la sustenta. Es un ser capaz de pensar, hablar, amar y escuchar. 

Y Dios, nos dice la fe, es por naturaleza relación. A eso nos referimos cuando lo consideramos uno y trino. Por ser relación en sí, puede crear seres que son asimismo relación y que pueden remitirse a Él porque Él se ha remitido a ellos.

¿Pero dónde está Dios exactamente?

Él no está en un lugar determinado, como tan bellamente nos enseña la historia del rabino. Utilizando una formulación positiva: no hay nada donde no esté, porque está en todo. Y negativa: en ningún caso está donde está el pecado. Si la negación eleva a poder el no estar, ahí no está.

Dios está en todas partes y, sin embargo, existen distintos niveles de aproximación, porque cada nivel superior del ser se le acerca más. Cuando comienzan la comprensión y el amor se alcanza una nueva forma de proximidad, una nueva forma de presencia.

Por tanto, Dios está donde hay fe, esperanza y amor, porque, al contrario que el pecado, son el ámbito en el que nosotros nos encontramos en las dimensiones de Dios. En este sentido, Dios está en todas partes donde acontece el bien, presente en una forma específica, y concretamente más allá de la mera existencia eterna y ubicua. 

Podemos hallar una forma más profunda de presencia suya justo cuando nos acercamos a las cualidades que se corresponden al máximo con su esencia más íntima, es decir, la verdad y el amor, el bien en general.

Esa presencia más profunda, ¿significa que Dios no está en algún lugar ahí fuera, en el universo, sino en medio de nosotros, en cada persona individual?

Sí, eso lo dice ya Pablo en el areópago a los atenienses citando a un poeta griego: “En Dios nos movemos, vivimos y somos nosotros”.

Que nos movemos y estamos inmersos en la atmósfera de Dios creador es aplicable, en primer lugar y en general, a nuestra existencia biológica. Y es tanto más válido cuanto más penetramos en la absoluta especificidad de Dios. Podemos formularlo así: cuando una persona obra bien con otra, se acerca especialmente a Dios. Cuando en la oración alguien se abre a Dios, entra en una proximidad especial con él.

Dios no es una magnitud determinable según categorías físico-espaciales. No está a cien mil kilómetros de altura o a una distancia de años luz. En lugar de eso, la cercanía de Dios es una cercanía a categorías del ser. Donde está lo que más le representa, donde está la Verdad y el Bien, ahí rozamos, sobre todo, al Eterno.

Pero entonces eso significa que su presencia no es automática, que Dios no siempre está presente.

Él siempre está presente en la medida en que sin Él yo no estaría conectado al grupo electrógeno de la existencia, si queremos expresarlo así. En este sentido hay una sencilla presencia existencial de Dios en todas partes. Pero la cercanía más profunda a Dios que le ha sido dada al ser humano puede reducirse o desaparecer por completo, y a la inversa, volverse inmensa.

En una persona completamente penetrada por Dios existe, como es lógico, una mucho mayor cercanía íntima y presencia divina que en alguien que se ha alejado completamente de Él. Pensemos en la Anunciación a María. Dios quiere que María se convierta en su templo, un templo viviente, y no solamente por la morada física. Pero su conversión en una verdadera morada para Dios sólo es posible porque se produce la apertura íntima a Él, porque ella, en su existencia íntima, se adecua por entero a Él.

De todos modos, hasta los teólogos hablan de la “ausencia de Dios”.

Eso es diferente. Ya en la Sagrada Escritura existe ese ocultamiento de Dios. Dios se oculta del pueblo desobediente. Enmudece. No envía profetas. También en la vida de los santos existe esa noche oscura. Son empujados, valga la expresión, a una especie de ausencia, al silencio de Dios, como Teresa de Lisieux, por ejemplo, y entonces han de padecer la oscuridad de los gentiles.

Pero eso no significa que Dios no exista. Ni que carezca de poder, ni que ya no sea Amor. En esas situaciones históricas o vitales, la incapacidad de las personas para percibir a Dios provoca también una “oscuridad de Dios”, en palabras de Martín Buber. Y esa incapacidad o desgana de las personas para percibir a Dios remitirse a Él origina un aparente alejamiento de Dios.

¿Qué pasa con Hitler? ¿Fue, como piensan algunos, “el diablo en persona”? Sartre afirmó: “El diablo es Hitler, es la Alemania nazi”. Y la filósofa judía Hanna Arendt, refiriéndose a las crueldades del fascismo, acuñó la famosa frase de la “banalidad del mal”.

Que una persona surgida de lo más bajo –había vivido como un haragán y no recibió formación alguna- pueda convulsionar un siglo, tomar decisiones políticas con demoníaca clarividencia y someter a personas, incluso a personas cultas, es inquietante.

Hitler fue un personaje demoníaco. Basta con leer el relato de los generales alemanes, que siempre se proponían decirle de una vez su opinión a la cara, y que después quedaban tan subyugados por él, que ya no se atrevían a hacerlo. 

Pero analizándolo de cerca, esa misma persona que se caracterizaba por ejercer una fascinación demoníaca, era, en el fondo, un don nadie completamente banal. Y el hecho de que el poder del mal se asentara precisamente en la banalidad, revela también algo de la fisonomía del mal: cuanto mayor se hace, más mezquino se vuelve, menos grandeza encierra.

Hitler también previó situaciones de manera casi demoníaca. Yo, por ejemplo, he leído un informe de cómo se preparó la visita del Duce a Berlín. 

Las personas encargadas del asunto plantearon sus sugerencias, y tras largo rato, Hitler replicó: “No, todo eso no sirve para nada. Yo veo cómo ha de hacerse”. Y, en una especie de éxtasis, lo expuso, y así se hizo. Es decir, que en cierto modo ahí se percibe una prepotencia demoníaca que engrandece lo banal –y banaliza lo grande-, peligrosa y destructiva sobre todas las cosas.

Desde luego, no se puede afirmar que Hitler fuera el demonio; era un hombre. Pero conocemos informes fiables de testigos oculares que demuestran que mantenía una especie de encuentros demoníacos que le hacían decir temblando: 

“Él ha estado de nuevo aquí” y cosas por el estilo. Nosotros no podemos investigarlo a fondo. Pero en cierto modo estaba inmerso en el ámbito de lo demoníaco, y creo que así lo demuestra la manera en que ejerció el poder, el terror y el daño que provocó.

 El quinto mandamiento:”No matarás”. Casi nadie discute el sentido de éste mandamiento. Lo único raro es que se vulnere tan continuamente.

No hay duda de que en el ser humano existe una evidencia primigenia de que no puede matar a otro. Incluso si he olvidado que cualquier individuo depende únicamente de Dios, sé al menos que tiene derecho a la vida, un derecho humano, y que dejo de ser persona si mato a uno de mis semejantes.

Pero en casos límite ésta consideración se torna, como vemos, cada vez más confusa. Esto es aplicable sobre todo al comienzo de la existencia, donde la vida aún está indefensa y es manipulable. Surge entonces la tentación de actuar atendiendo a consideraciones pragmáticas. 

Se quiere escoger a quién se va a dejar sobrevivir y a quién no por interponerse en el camino de la propia libertad y autorrealización. Cuando el ser humano no existe aún en su forma externa, la conciencia de éste mandamiento no tarda en extinguirse.

Lo mismo cabe decir del final de la vida. Ahora se considera al enfermo, al que padece, una carga, y uno se convence de que la muerte es lo mejor para él. De aquí surge el pretexto de enviarlo al otro mundo antes de que se vuelva demasiado “pesado”, si se me permite la expresión.

Y a partir de aquí, poco a poco se va yendo más lejos. Hoy vuelven a aparecer ideas sobre la cría de seres humanos, que ya conocimos en una época desdichada. Se plantea la cuestión de si los seres humanos que ya no tienen conciencia ni pueden cumplir función social alguna pueden ser considerados en realidad personas.

Las consecuencias desagradables progresan con relativa rapidez, sobre todo si empiezo por la eutanasia. En el acto surge la pregunta de a partir de cuándo una vida está tan entregada al dolor, es tan penosa en mi opinión, que puedo extinguirla. 

Es decir, que en los límites de la vida esa conciencia moral, en realidad muy primordialmente humana, de que la persona no puede disponer del otro, se apaga con demasiada facilidad. 

Por eso hoy hemos de defender más que nunca el contenido del quinto mandamiento: el derecho de Dios a la vida humana, desde la concepción hasta la muerte.

Erich Fromm opina que la faceta más importante del dar que no se refiere a cosas materiales. Una persona da el máximo a otra cuando se da a sí misma, es decir, cuando ofrece lo más valioso que posee, su vida. Cuando le da su alegría, su interés, su comprensión, su conocimiento y, naturalmente, también su humor y su tristeza: en suma, todo lo vivo que hay en ella.

Dar no puede referirse básicamente al dinero, esto es una perogrullada. Como es lógico, el dinero puede ser muy necesario. Pero dar sólo dinero suele hiriente para el otro. Yo lo he comprobado una y otra vez en el Tercer Mundo. Si sólo nos mandáis dinero, te dicen las gentes, muchas veces más que ayudarnos, nos perjudicáis. 

El dinero se malgasta deprisa en cualquier parte y empeora aún más la situación. Vosotros tenéis que dar más. Tenéis que venir en persona, tenéis que daros a vosotros mismos, y después contribuir a que los dones materiales que traéis se empleen correctamente, que no sean algo sobrante de lo que os desprendéis, exonerándoos en cierto modo de la pregunta que os planteamos de qué somos para vosotros.

Mientras sólo proporcionemos dinero o conocimientos, siempre será demasiado poco. En éste ámbito, los misioneros, que llevaron a Dios a las personas, que les hicieron creíble el amor, que les regalaron un nuevo camino en la vida, que se dieron por entero a sí mismos, que no se fueron para dos, tres años, para una aventura interesante, sino para toda la vida, para pertenecer siempre a las personas de allí, constituyen todo un ejemplo. Si no aprendemos de nuevo esa capacidad de autoentrega, los demás dones serán demasiado poco.

Esto, dicho a escala mundial, también es válido en la relación con cada persona. Existe a este respecto un hermoso relato de Rilke. Cuenta el poeta que, en París, pasaba siempre junto a una mujer a la que arrojaba una moneda en el sombrero. La mendiga permanecía totalmente impasible, como si careciese de alma. Un buen día, Rilke le regala una rosa. Y en ese momento su rostro florece. Él ve por primera vez que ella tiene sentimientos. La mujer sonríe, luego se marcha y durante ocho días deja de mendigar porque le han dado algo más valioso que el dinero.

Creo que este hermoso y pequeño acontecimiento demuestra que, en ocasiones, una rosa, un gesto de interés, de cordialidad, de aceptación del otro, puede superar con creces al dinero y a otras dádivas materiales.

Usted dijo una vez que Jesús era la “persona ejemplar, la persona del futuro, a través de la que se hace visible hasta qué punto es todavía la persona el ser futuro por venir”. ¿Significa eso que el auténtico desarrollo y destino inminente de verdad en nosotros será exactamente el que se refleja en Jesucristo?

De hecho, la apertura hacia el nuevo ser humano se efectúa gracias a Jesucristo. En Él comenzó el auténtico futuro de la persona, lo que está por venir, lo que puede y debe ser. Yo no diría que el ser humano sólo puede ser un calco externo de los talentos de Jesucristo. 

Pero sí que la figura interna de Jesús, tal como se representa en toda su historia y finalmente en su autoentrega en la cruz, simboliza con exactitud la futura humanidad. En efecto, no es casual que hablemos de la imitación de Cristo, del adentrarse en ese camino. Se trata, por así decirlo, de la identificación interna con Cristo –como Él se identificó con nosotros-. Yo creo que realmente el ser humano se encamina hacia eso.

Las grandes historias de imitación que se suceden a lo largo de los siglos también despliegan lo que oculta la figura de Jesucristo. Así pues, no es que aquí se nos imponga un esquematismo, sino que lleva en su seno todas las posibilidades de la auténtica humanidad. 

Vemos que una Teresa de Lisieux, un san Juan Bosco, una Edith Stein, un apóstol San Pablo o un Tomás de Aquino han aprendido de Jesús cómo ser persona. Todos ellos se tornaron parecidos a Jesús, y sin embargo cada uno de ellos es distinto y original.

Otra frase de Jesús: “Mi paz os dejo, mi paz os doy, no os la doy como la da el mundo”.

Hay que interrelacionar ambas frases para que resplandezca el sentido de las palabras de Dios. Cristo es el que trae la paz. Y yo diría que éste es el gran lema. Pero sólo entendemos bien la paz que trae Cristo sino la interpretamos de manera banal, como una evasión del dolor o de la verdad y de las confrontaciones que ésta conlleva.

Si un gobierno quisiera evitar cualquier conflicto y contentar a todos, si lo hiciera incluso una sola persona, entonces nada funcionaría. Lo mismo sucede en la Iglesia. Si sólo intenta evitar el conflicto para que no se produzcan agitaciones en ninguna parte, el auténtico mensaje no llegará a su destino. 

Porque este mensaje existe también para pelear con nosotros, para arrancar al ser humano de la mentira y generar claridad, verdad. La verdad no es en absoluto barata. Es exigente, y quema. Y es que el mensaje de Jesús también incluye el desafío que encontramos en esa pugna con sus contemporáneos. 

Aquí no se sigue cómodamente una modalidad encontrada de fe, una fe vanidosa, sino que se entabla la lucha con ella para romper esa costra y que la verdad llegue a su destino.

En una ocasión reprocha a ciudades enteras no haberse convertido: “Y tú Cafarnaúm, ¿hasta el cielo te vas a encumbrar? Hasta el Hades te hundirás”.

Jesús se dirige aquí a ciudades muy vinculadas a su vida y de las que Él esperaba una fe especial. Pero comprende que aquí actúa el síndrome de la familiaridad. No le toman realmente en serio, su fe no aumenta. Así, esos lugares se encuadran dentro de una serie de ciudades que se han convertido en símbolo del castigo, del fracaso, de la perdición.

Una vez más se comprueba que cuando el ser humano o una comunidad se niegan a tomar en serio las cosas de Dios, de algún modo el destino de Gomorra se repite. Cuando una sociedad vive alejada de la comunión con el Dios vivo, corta las raíces internas de su socialitas.

También hoy podemos presenciar ese fenómeno. Pensemos sólo en sociedades ateas, en los problemas que ese proceso de descomposición provoca en los estados sucesores de la Unión Soviética tras cincuenta años de gobierno marxista. Allí las sociedades que viven alejadas de Dios también se arrebataron el fundamento de la vida.

En una ocasión Jesús se mostró extremadamente enojado, incluso ofensivo, hasta con Pedro. “¡Apártate de mí, Satanás!”, le grita, “¡quítate de mi vista! Tú quieres perderme.”

Jesús mantiene con Pedro una relación de confianza y cercanía, por eso tales frases están justificadas. Pedro lo acepta. Comprende que estaba completamente equivocado. En este caso trataba de impedir al Señor el calvario. 

Le dice: “Eso desentona de tu misión, debes triunfar, no puedes ir a la cruz”. Pedro repite, pues, la tentación del desierto que se nos describe como la tentación de Jesús por antonomasia, la tentación de ser un mesías del éxito, de apostar por el caballo político.

Es una tentación que reaparece una y otra vez. Por ejemplo, cuando se quiere concebir un cristianismo marxista que origine la sociedad ideal y definitiva. Aquí actúa la misma idea de salvación: la humanidad se salvaría si todos tuviesen dinero y mercancías suficientes. Jesús se opone precisamente a esta idea. 

En este sentido, en el momento en que le muestra este modelo, Pedro desempeña, valga la expresión, el papel de Satanás en el desierto. Pedro lo comprende; aunque hasta el final tenga que afrontar una y otra vez el escándalo de la cruz y aprender la peculiaridad de Jesús opuesta a la otra idea, tan humana.

Continuemos con los modelos de vida. Muchas personas creen que su vida es una especie de película. Y que en esa banda biográfica pueden poner personalmente en escena todos los cortes, todas las escenas. 

Realmente se impone la reflexión: ¿por qué dar rodeos en mi vida, por qué esforzarme, ponerme a buscar, ejercitar el autocontrol o ser constante? Es decir, tomar ese difícil camino que los discípulos recorren con Jesús. ¿Por qué la vida no debe ser simplemente fácil?

Eso sólo podrían permitírselo aquellos que despiertan a la vida con la mesa puesta. Eso es una fantasía de las clases acomodadas que no tiene en cuenta que para la gran mayoría de los individuos la vida es lucha. Por eso considero ese hacerse a sí mismo un egoísmo y un deterioro de la vocación.

Quien piensa que en él ya existe todo, y, en consecuencia, puede nutrirse de esa plenitud y disponer de todo, se niega lo que podría dar. En efecto, el ser humano no está solo para hacerse a sí mismo, sino para aceptar desafíos. Todos nosotros estamos inmersos en la historia y dependemos unos de otros.

Por eso el ser humano no sólo debería pensar qué quiere, sino más bien preguntarse para qué es bueno y qué puede aportar. Entonces comprendería que la realización no reside en la comodidad, en la facilidad y en el dejarse llevar, sino en aceptar los retos, en el camino duro. 

Todo lo demás se convierte en cierto modo en aburrido. Sólo la persona que se “expone al fuego”, que reconoce en sí una llamada, una vocación, una idea que satisfacer, que asume una misión para el conjunto, llegará a realizarse. Como ya se ha dicho, no nos enriquece el tomar, el camino cómodo, sino el dar.

Jesús habla “del mandar y el servir”. Cristo dice: “Sabéis que los jefes de las naciones las dominan como señores absolutos, y los grandes las oprimen con su poder. 

No ha de ser así entre vosotros, sino que el que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros, será vuestro esclavo; de la misma manera en que el Hijo del Hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos”. Servicio y obediencia son rasgos esenciales de la doctrina de Jesús y de la vida de la Iglesia. Esos conceptos no son hoy muy populares. ¿Qué esconden detrás?

Desde la óptica del evangelio existe realmente un contraproyecto a la destacada tendencia vital de la modernidad, una especie de inmodernidad saludable que nos saca de la tendencia al poder y al mando. Y aquel que no forma parte de los poderosos, estará agradecido cuando vea que el poderoso no se sirve personalmente en la mesa de la vida. Que considera el poder o los bienes que le han sido dados como una misión para convertirse en sirviente.

Creo en esas palabras sobre el grande que debe ser servidor, y en los gestos con los que Jesús obra, está la auténtica revolución que podría y debería cambiar el mundo. Mientras el poder y la propiedad se consideran valores finales, el poder estará siempre dirigido contra los demás, y las propiedades a su vez excluirán siempre a los otros.

En el instante en que llega el Señor del mundo y ejerce la labor de esclavo con el lavado de pies –un ejemplo de que nos lava la vida entera a través de los pies-, percibimos una imagen completamente distinta. Dios, que es el poder por antonomasia, no desea pisotearnos, sino que se arrodilla ante nosotros para impulsarnos hacia lo alto. 

El misterio de la grandeza de Dios se manifiesta precisamente en su capacidad de humildad. No necesita dirigirse al trono y sentarse en él. De ese modo, Dios quiere apretarnos de nuestras ideas de poder y de dominio. Nos enseña que lo pequeño es realmente que yo pueda mandar sobre una multitud y tener todo lo que deseo, y que lo grande es ponerse al servicio de los demás.

Aceptarlo es y seguramente seguirá siendo una revolución. Ésta nunca está hecha del todo, porque exige una continua conversión íntima, pero es la conversión más salutífera y esencial que existe. Sólo cuando el poder y la relación con la propiedad se transforman desde dentro y aceptamos la figura vital de Jesús, que asume con todo su ser el acto de lavar los pies, es posible salvar al mundo y propiciar la verdadera convivencia entre los seres humanos.

Jesús simboliza cómo deberíamos ser y hacia dónde debemos tender.

“Los no católicos están acostumbrados a considerar el culto mariano un menos cabo a Jesús”, dijo el gran cardenal inglés John Henry Newman. Y hoy los escépticos creen que un excesivo culto a María desplaza el auténtico núcleo del cristianismo, es decir, el mensaje de Cristo.

No debemos olvidar una cosa: en las misiones, lo que siempre ha influido en las personas, haciéndolas accesibles a Cristo, ha sido la madre. Esto es especialmente aplicable a Sudamérica. Allí el cristianismo llegó, en parte, con presagios fatales debido a la espada de los españoles. En México al principio era imposible conseguir algo, hasta que sucedió el acontecimiento de Guadalupe y, a través de la madre, de repente también se volvió más cercano el Hijo.

Fue el notable hallazgo de un cuadro de la Virgen. Puede decirse que provocó un cambio radical sin el cual la cristianización del continente habría sido inimaginable.

Cierto, y de pronto la religión cristiana ya no exhibe el rostro cruel de los conquistadores, sino la faz bondadosa de la madre.

En Sudamérica actúan hasta la fecha estos dos focos de la piedad popular: por una parte, el amor a la madre de Dios; por otra, la identificación con el Cristo sufriente. En esas dos figuras, que simbolizan la fe, las personas han logrado entender que ése no es el Dios de los conquistadores, sino el verdadero Dios, que también es su Salvador. 

Por eso es tan cara María para los católicos latinoamericanos. Y desde nuestra perspectiva más racional no deberíamos reprocharles que hayan falseado por ello el cristianismo. Precisamente en ese punto lo han percibido correctamente. Porque han visto la verdadera faz de Dios, que desea salvarnos y no está de parte de los destructores. De ese modo ellos llegaron a hacerse cristianos según su leal saber y entender, sin tener que soportar ese mensaje como una religión colonial, valga la expresión.

Tomemos una de esas obras: “Vestir al desnudo”. Seguro que no alude a donativos de ropa usada.

Como es lógico, esas palabras tienen un sentido más amplio. Aunque un donativo de ropa usada, si sale del corazón, también puede ser bueno; tampoco hay que minusvalorar las cosas pequeñas. Pero aquí hay en juego algo más. Se trata, por una parte, siempre de algo en concreto. 

No sólo de amar en teoría y mandar una transferencia de dinero ocasional, sino de tener los ojos abiertos para ver dónde me necesitan las personas en mi vida. Esto suele ser incómodo, no agrada. Pensemos en el rabino y el levita, que pasan de largo junto a la persona robada. Seguramente tienen una cita importante o les atemoriza que pueda sucederles algo a ellos mismos si se detienen demasiado en esa zona inquietante. Siempre hay un motivo.

La parábola de Jesús sobre el juicio, por el contrario, al igual que ese catálogo de obras de la caridad corporal, nos dice muy concretamente: no solo he de abrazar a toda la humanidad, sino que también tengo que ayudar a la persona necesitada allí donde la encuentre, aunque no tenga tiempo en ese momento o crea que carezco de medios para hacerlo. Debo pensar en el caso individual y no sólo en las grandes acciones.

Esto diferencia también la exigencia de amor cristiana de la marxista, que solo se interesa por la planificación a gran escala, por la modificación estructural, y pasa por alto el caso individual. Pero lógicamente también significa que hay que ocuparse de los sistemas mayores, que hay que intentar practicar no sólo la caridad individual, por importante que sea, sino contribuir a que esas personas mejoren sus posibilidades. 

De aquí surgió en la Iglesia el sistema hospitalario, las escuelas para pobres y muchas cosas más. En ese sentido ambas cosas van unidas: tanto la mirada a mi verdadero prójimo, al que no puedo soslayar con mis grandes planificaciones estructurales, como la superación de estructuras injustas y una ayuda estructural a aquellos que, por así decirlo, necesitan vestido.

Además de las obras de caridad corporales, están también las siete obras de caridad espirituales. Dicen así: dar consejo al que lo necesita, enseñar a los ignorantes, corregir al que se equivoca, consolar a los afligidos, perdonar las ofensas, soportar con paciencia los defectos del prójimo y rezar a Dios por los vivos y los muertos.

Es importante que la caridad no se refiera sólo a cosas materiales. Ocuparnos únicamente de lo material es insuficiente. Por eso en la ayuda al desarrollo, los perspicaces siempre han comprendido lo importante que es dar a las personas la formación que las capacite para tomar las riendas de las cosas. 

Sólo ayudar al espíritu, a la persona entera, constituye una auténtica ayuda. De ahí la tremenda importancia de llevar a Dios a las personas. Crear normas morales es incluso la obra de caridad prioritaria.

Tomemos otra: “Enseñar al que no sabe”. Creo que en general los afectados no experimentan esa enseñanza como una obra de caridad.

Sigamos con la ayuda al desarrollo en Latinoamérica. Allí, tanto la Iglesia como las agrupaciones de izquierdas han convertido las campañas de alfabetización en un elemento fundamental de su actividad. ¿Y por qué? Mientras las personas son ignorantes, son dependientes. No pueden salir por sí mismas de dicha condición, padecen una especie de esclavitud. 

Sólo facilitar su acceso a los bienes de la educación supone una verdadera ayuda, porque entonces pueden alcanzar la misma categoría y desarrollar correctamente su país, su sociedad. Así pues, la obra de caridad de enseñar al que no sabe ha sido experimentada por las personas de tal forma que con ella se les facilita el acceso al mundo espiritual, la llave de lo que hoy mueve al mundo.

Recordemos los anteriores movimientos equivalentes en Europa, como por ejemplo el de Jean-Baptiste de Lasalle, que creó en Francia las escuelas para pobres, a quienes hasta entonces se había obligado a permanecer durante generaciones y generaciones en un estado de dependencia, y constituía una gran oportunidad de estudiar. 

La posibilidad fundamental de ofrecer estudios, de abrir la puerta del ámbito intelectual, es la obra elemental de la caridad espiritual –ciertamente presuponiendo que a ello vaya unido no sencillamente enseñar a leer, sino introducir esa lectura en un contexto espiritual pleno de sentido, es decir, no transmitir a la gente una pura ideología, sino abrirles también el camino de la fe.

Para sus seguidores de Jerusalén debió de suponer una conmoción: el Mesías, que devolvía la vista a los ciegos y resucitaba a los muertos, de pronto permitía que los esbirros del poder lo humillasen, ofendiesen y clavasen en la cruz. Algo absolutamente inexplicable: ¿por qué Dios tuvo que sufrir y morir para salvar a su propia criatura?

El misterio de Dios es que no entra en el mundo para establecer el orden social justo mediante el poder. Ha bajado para sufrir con nosotros y por nosotros.

En última instancia, jamás acertaremos a comprender del todo este misterio. Pese a todo, es lo más positivo que se nos ha dicho sobre Dios: Dios no reina simplemente gracias al poder. Dios ejerce su poder de forma diferente a los mandatarios humanos. 

Su poder consiste en compartir el amor y el sufrimiento, y el verdadero rostro de Dios aparece precisamente en el sufrimiento. Dios comparte en el sufrimiento la injusticia del mundo, de forma que en las horas sombrías podemos sabernos lo más cerca posible de Él.

Dios se empequeñece para que podamos tocarle. Para que nosotros, los seres humanos, resistamos al principio opuesto, el principio del orgullo y del endiosamiento. Viene a conmover nuestro corazón.

Un Mesías apenas puede dejar a sus seguidores una hipoteca mayor que Jesús. Él se deja humillar, torturar y finalmente matar. Y nada sucede. Ningún comando de liberación lo arranca de las manos de sus torturadores, ni el supuesto Hijo de Dios baja de la cruz. 

Y tampoco todo el mundo cree la noticia de su resurrección. Ahora sus discípulos están en Jerusalén. Viven en parte de donativos. Aunque dicen que entre los primeros cristianos reinaba el espíritu del amor y de la fraternidad: “Todos eran un solo corazón y una sola alma. Entre ellos no había necesitados”. ¿Cómo imaginarnos esa Iglesia primitiva? ¿Era una especie de comuna?

La comparación con la comuna se ha utilizado en numerosas ocasiones. Es desacertada en la medida en que no se trata de una organización estatal obligatoria, sino de una comunidad que se forma a partir de la íntima libertad de la fe, de la misión encomendada a los apóstoles en Pentecostés.

La historia de los apóstoles nos describe cómo esa palabra penetra en el corazón de las personas, conmoviéndolas y transformándolas. Perciben que están en presencia de algo realmente nuevo, algo que esperamos; hemos de cambiar, convertirnos. Nos cuentan que en un solo día bautizaron a tres mil personas. Y así surge esa primera Iglesia primitiva que vive todavía del entusiasmo original del Espíritu Santo, del contacto directo con el día de Pentecostés.

Esas personas son una obra ejemplar –pero no aplicable en todas partes- de la solidaridad en la fe: no puede haber pobres, y ellos comparten entre sí un solo corazón y una sola alma. A lo largo de la historia, este modelo se ha convertido siempre en un acicate contra una Iglesia aburguesada, absorbida por las normas mundanas.

También el monacato surgió, entre otras fuentes, de esta reivindicación. San Agustín convirtió esa palabra de la comunidad basada en un solo corazón y en una sola alma en el núcleo de su regla. Con ello quiso al menos mantener viva la llama de la Iglesia primitiva en ese pequeño círculo, ejemplarmente situado en el centro de su diócesis. 

Como ya se ha apuntado, y esto se evidencia rápidamente en el crecimiento posterior de la Iglesia ya en época de los apóstoles, la Iglesia primitiva no es un modelo que pueda encasquetearse  a todo el mundo, pero es y sigue siendo un acicate. En realidad, en la Iglesia no debería haber pobres. Entre los creyentes no debería haber nadie completamente abandonado a su suerte. Y eso constituye un reto que hoy nos afecta de manera muy concreta.

La mayoría de los jóvenes dudan hoy en día entre si contraer matrimonio o iniciar una convivencia más bien libre. El Estado, por su parte, intenta equiparar al matrimonio de las uniones de hecho y las parejas homosexuales. Se plantea la pregunta: ¿por qué tiene que ser el matrimonio la única forma aceptable de convivencia?

Por un lado, sólo un ámbito de fidelidad realmente sólido es adecuado a la dignidad de esta convivencia humana. Y no sólo en lo que respecta a la responsabilidad frente al otro, sino también frente al futuro de los hijos que surgen de ella. En este sentido, el matrimonio nunca es un asunto exclusivamente privado, sino que tiene carácter público, social. De él depende la configuración fundamental de una sociedad.

Últimamente también se percibe esto, cuando convivencias no matrimoniales adquieren ciertas formas legales. Aunque se las considera formas de unión menores, tampoco éstas pueden pasar sin la responsabilidad pública, sin la inclusión en lo común de la sociedad. Y en ese mero hecho manifiesta la inevitabilidad de una regulación pública y jurídica y, en consecuencia, social, aun cuando se crea que hay que introducir niveles inferiores.

Segundo aspecto por considerar: cuando dos personas se entregan mutuamente y, juntas, dan vida a los hijos, también está afectado lo sagrado, el misterio del ser humano, que trasciende mi propia autodeterminación. Sencillamente, yo no me pertenezco sólo a sí mismo. 

Cada persona alberga el misterio divino. Por eso la convivencia de hombre y mujer también se adentra en lo religioso, en lo sagrado, en la responsabilidad ante Dios. La responsabilidad ante Dios es necesaria, y ésta hunde precisamente en el sacramento sus raíces más auténticas y profundas.

Por eso todas las demás formas son modalidades alternativas que en última instancia pretenden sustraerse de alguna manera tanto a la responsabilidad mutua como al misterio del ser persona –de ahí que introduzcan en la sociedad una labilidad que traerá consecuencias.

La cuestión de la pareja homosexual es un tema muy diferente. Pienso que cuando, en un matrimonio, en una familia, ya no cuenta que sean hombre y mujer, sino que se equipara la igualdad de sexo a esa relación, se está vulnerando el tipo fundamental de la construcción de la persona. 

De este modo una sociedad se enfrentará a la larga a grandes problemas. Si escuchamos la palabra de Dios debemos dejarnos regalar sobre todo la iluminación de que la convivencia de hombre, mujer e hijos es algo santo. Y una forma adecuada de sociedad da resultado si considera a la familia, y con ello a la forma de unión bendecida por Dios, la manera correcta de ordenar la sexualidad.

Palabra clave: crecimiento de la población. A la Iglesia se le reprocha que, con su rigurosa política de prohibición de medios anticonceptivos en el Tercer Mundo, está provocando graves problemas que llegan hasta la auténtica miseria.

Esto es un completo disparate, por supuesto. La miseria se produce por la quiebra de la moral, que antes ordenaba la vida en las organizaciones tribales y en la comunidad de los cristianos creyentes, excluyendo de ese modo la enorme miseria que contemplamos hoy. Reducir la voz de la Iglesia a la prohibición de anticonceptivos es un desorden grave basado en una visión del mundo completamente trastornada, como demostraré enseguida.

La Iglesia predica sobre todo la santidad y la fidelidad del matrimonio. Y cuando su voz es escuchada, los hijos disponen de un espacio vital en el que pueden aprender el amor y la renuncia, la disciplina de la vida recta en medio de cualquier pobreza. Cuando la familia funciona como ámbito de fidelidad, existe también la paciencia y respeto mutuos que constituyen el requisito previo para el uso eficaz de la planificación familiar natural. 

La miseria no procede de las familias grandes, sino de la procreación irresponsable y desordenada de hijos que no conocen al padre y a menudo tampoco a la madre y que, por su condición de niños de la calle, se ven obligados a sufrir la auténtica miseria de un mundo espiritualmente destruido. Por lo demás, todos sabemos que hoy la rápida propagación del sida en África está provocando justo el peligro opuesto: no la explosión demográfica, sino la extinción de tribus enteras y la despoblación de muchas regiones.

Por otra parte, cuando pienso que en Europa se pagan primas a los agricultores por matar a sus animales, por destruir trigo, uva, frutas de todo tipo, porque al parecer ya no se puede controlar la superproducción, me parece que esos sabios ejecutivos, en lugar de aniquilar los dones de la creación, harían mejor en reflexionar cómo conseguir que redundasen en provecho de todos.

No generan la miseria aquellos que educan a las personas para la fidelidad y el amor, para el respeto a la vida y la renuncia, sino los que nos disuaden de la moral y enjuician de manera mecánica a las personas: el preservativo parece más eficaz que la moral, pero creer posible sustituir la dignidad moral de la persona por condones para asegurar su libertad, supone envilecer de raíz a los seres humanos, provocando justo lo que se pretende impedir: una sociedad egoísta en la que todo el mundo puede desfogarse sin asumir responsabilidad alguna. 

La miseria procede de la desmoralización de la sociedad, no de su moralización, y la propaganda del preservativo es parte esencial de esa desmoralización, la expresión de una orientación que desprecia a la persona y no cree capaz de nada bueno al ser humano.

Decía usted que Dios nos dará en el Más Allá un nuevo cuerpo: ¿significa esto que nadie será como era?

La resurrección en el día del juicio final es, en cierto sentido, una nueva creación, pero preservará la identidad de la persona en cuerpo y alma. Santo Tomás dice al respecto que el alma es la fuerza moldeadora del cuerpo, la que crea el cuerpo. 

Por tanto, identidad significa que el alma, a la que mediante la resurrección se le regala de nuevo su capacidad moldeadora, construye también un cuerpo idéntico desde dentro. Especular con el aspecto exacto que puedan tener la corporalidad y la materialidad de los resucitados me parece, en cualquier caso, inútil.

  

Bibliografía


Joseph Ratzinger, Dios y el Mundo, Creer y vivir en nuestra época (una conversación con Peter Seewald). Las opiniones de Benedicto XVI sobre los grandes temas de hoy, Debolsillo, Barcelona, 2005


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